La isla multicolor que se baña con las aguas del Golfo encierra sin duda una multitud de sabores. Cuba sabe a mar, a sol, a son y a ron, a tabaco, a café y azúcar. A mezcla.

Mezcla que arraiga nuestros más ancestrales orígenes y que aparece hoy en nuestros más sabrosos y peculiares platillos. Ahí está la sazón. Enteramente natural. Base y resultado perceptible en cada plato cubano. Cual ajiaco que nos identificara según Fernando Ortiz1.

Y yo diría que sí, que el ajiaco es el plato que más nos identifica. Es esa mezcla de “todo lo que haya” para dar lugar a un sabor completamente nuevo. Como lo fuera en su momento esa cacerola de un poco de España, otro tanto de África, con una pizca de China y una cucharadita de aborigen… que luego de un fuego lento de transculturación y sincretismo, resultó en lo criollo, en lo cubano.

Y así mismo, mezclando de aquí y de allá, fueron surgiendo poco a poco el congrí, los moros y cristianos –versión de arroz con frijoles donde los moros son los frijoles y los cristianos son el arroz; el tamal – plato rebuscado y de difícil hechura a base de maíz y carne de cerdo – , la yuca – que alimentara a nuestros primeros habitantes en todas sus formas y hoy nos acompañe en días festivos y cenas familiares y auténticamente cubanas -, la carne de puerco – asada, en cazuela, frita, en fricasé -.

Todos sabores que se han ido mezclando con el tiempo y sumando a la larga lista de los que degustamos en la Cuba de hoy. Que cada día son más internacionales cuando se fusionan además con las últimas tendencias de la cuisine francoise, o el cibo italiano, o tantos otros que tengan la suerte de pisar nuestros lares. Porque qué es sino eso mismo, el re-inventarse cada día como nueva con lo que se vaya encontrando, el rebuscar en lo más antiguo de nuestras raíces, ese platillo de la abuela, o la invención de uno nuestro con otro de más allá. Y así, poco a poco, nuestra cocina se llena de experiencia, de influencias, y el Sabor a Cuba se hace cada día más sabroso…

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