El mar que baña los portales de la Habana es perfectamente admirable desde el malecón habanero. Es esa costumbre de tantos locales cuando no tienen nada que hacer. Sentarse en el malecón a disfrutar de sus vistas, de la silueta de ciudad que se dibuja, del mar que a veces es enojo y que otras, es calma.

Y así ha sido desde que se colocó la primera piedra a principios del siglo XX: un largo muro desnudo, de concreto “pelado”, custodiando una ancha avenida y asediado por los embates de la corriente del Golfo. De ahí su primer nombre: Avenida del Golfo. Era solo un espacio abierto de roca y mar, hermoso pero sin otra señal que lo inhóspito del lugar, a donde iban algunas familias a tomar baños de mar.

Poco a poco, luego de tímidas obras, lentas prolongaciones y cambios en los fabulosos proyectos, vio la luz el malecón que conocemos hoy: ese muro pelado, largo y amado de los que vivimos en esta ciudad, y que lo consideramos nuestro y que en algún lugar leí como “el banco más largo del mundo”.

Alguna vez escuché que le llamasen también el sofá de la Habana, y la metáfora no es menos exacta… es ese rincón cómodo donde hoy nos sentamos con amigos a compartir y reír un poco. En pareja, a enamorarse escuchando canciones de aficionados cuyo deleite es “peinar” el malecón cantando. En soledad, a celebrar a nuestras deidades -La Virgen de Regla, protectora de Cuba, es la patrona de los mares y desde el Malecón muchos devotos le muestran sus respetos-. A llorar nuestras penas. A celebrar nuestras alegrías. A añorar ver más allá. Todos, de alguna manera, tenemos nuestro pedazo de historia en alguno de sus espacios, y así, terminamos en el malecón…ya lo dijera Carlos Varela1 en los años ’90 en uno de sus textos más cálidos:

“Sales a la calle y te vas al muro
donde siempre hay alguien,
donde empieza el mar.”

Y es precisamente ése, el muro de los lamentos más largo de la ciudad, siete kilómetros que resguardan la capital cubana y que sirven de excusa para que tanto habaneros como quienes nos visitan velen de la ciudad desde una de sus más románticas orillas.

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